Mi extraña incapacidad para odiar
- 17 ene
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 19 ene

En estos días he quedado con unos amigos para tomar café (bueno, siendo sinceros, nadie pidió café, fueron unas cervecitas). Entre risas y anécdotas, hubo un momento en el que uno de ellos empezó a desahogarse sobre una compañera de trabajo.
Que si le persigue, que si es la "pelota" del jefe... Vamos, un traje a medida. Y de pronto, sentencia unánime. Me miraron los tres y soltaron:
—Bueno, a nadie le cae bien... salvo a Javi. Y eso que ni la conoce, pero da igual..... Si la conociera, ya le habría encontrado el lado bueno.......
Me quedé pensando mientras daba un trago a la cerveza. Y tienen razón. Tengo una enorme virtud: no conozco el odio. Es un sentimiento que no forma parte de mí.
Pero ojo, que nadie se confunda.
Me gusta tener el alma tranquila, sí. Intento ir por la vida en paz, sí. Pero de tonto no tengo un pelo.
Tengo carácter. Y bastante.
Tengo mis prontos y defiendo lo justo con uñas y dientes. Pero una cosa es tener carácter y otra muy distinta es guardar veneno. Yo me enfado, suelto lo que tengo que soltar, y a los cinco minutos se me ha olvidado. No sé guardar rencor.
Por eso, donde otros ven motivos para el odio eterno, yo veo la lección de los que restan. He analizado a toda la gente que ha pasado por mi vida(bueno toda no,mucha) y me he dado cuenta de que incluso quienes se portaron mal conmigo, me han dejado algo positivo. Ellos me han enseñado lo que NO quiero en mi vida.
Saber lo que uno quiere es difícil, porque mis sueños cambian y yo evoluciono. Definir el deseo es disparar a un blanco móvil. Sin embargo, saber lo que NO quieres es una certeza inamovible.
Gracias a esa mala experiencia, sé que no quiero indiferencia. Gracias a ese desengaño, sé que no negocio mi paz. Gracias a quien actuó desde la oscuridad, aprendí a valorar inmensamente a quien viene de frente con luz.
Al final, mi vida funciona como un filtro de evolución. Quien me ha aportado algo positivo, sigue creciendo conmigo, a veces cerca y a veces lejos, pero está ahí. Y quien no, simplemente me sirvió de espejo para saber qué camino no debo tomar.
Así que hoy, desde esta paz de no saber odiar (aunque tenga mi genio si me tocas las palmas), me siento agradecido con todos. Con los que me cuidaron y con los que me fallaron. Porque gracias a todos ellos, tengo más claro que nunca quién soy y qué merezco.
Y tú, ¿eres capaz de ver que esa persona que te lo hizo pasar mal es la responsable de que hoy tengas tan claro lo que no vas a volver a permitir?


