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El precio de desaparecer (y de volver)

  • 4 ene
  • 3 min de lectura

He pasado años fuera del radar. Y no fue una retirada estratégica; fue un colapso.

​Hace años, la presión terminó por aplastarme. Llegó un día en el que el espejo se convirtió en mi enemigo: lo que veía reflejado me horrorizaba, no me gustaba, sentía que no era yo. Mientras el mundo seguía girando, mi mente fue invadida por un caos ensordecedor, un ruido constante lleno de sentencias que se repetían en bucle: "No sirves. No vales. Nunca vas a hacer nada".

​Me creí cada una de esas palabras. Y así, en silencio, me dejé morir. Me escondí esperando que alguien se diera cuenta, pero la realidad fue más fría: nadie llamó a mi puerta. Nadie se preguntó por qué me escondía ni cómo estaba yo realmente. En esa soledad absoluta, el caos terminó por consumirme hasta que no quedó nada. Y entonces, exploté.

​Fue necesario estallar en mil pedazos para poder empezar a elegir, por primera vez, cuáles quería recoger y cuáles debía dejar en el suelo para llegar a ser quien soy hoy.

​Curiosamente, desde hace dos años, quizás porque las redes sociales muestran que estoy aquí o porque simplemente me dejo ver más, el pasado ha decidido llamar a la puerta. Personas de hace diez o quince años han reaparecido en mi vida. Y es en este ir y venir de cafés y reencuentros donde he notado algo que me ha marcado profundamente.

​Hay reencuentros que son aire puro. Personas que, al verme, me regalan una mirada nueva, limpia. No necesitan conocer los detalles de mi infierno para entender que quien tienen delante es otro. Se sientan, preguntan y escuchan de verdad; ven mis sueños convertirse en planes tangibles y me tratan con un respeto que me hace sentir vivo. Con ellos, es como si la amistad hubiera evolucionado en paralelo, a pesar de la distancia y el silencio. Cuando me despido y vuelvo a casa, lo hago feliz, cargado de energía, deseando que llegue la próxima vez.

​Sin embargo, esa luz hace que la sombra de los otros encuentros sea mucho más alargada y dolorosa.

​Porque también existen esas otras citas, esas en las que me siento y, poco a poco, decido mantenerme callado. Son encuentros donde me doy cuenta de que, para la persona que tengo enfrente, no ha pasado el tiempo. Me miran buscando al personaje que conocieron hace quince años, ignorando que mi evolución ha sido brutal. No saben que ahora veo la vida con otros colores, que me he formado, que mis valores son ahora muros de carga inamovibles.

​En esas mesas no hay espacio para mi verdad. Sienten que mi historia ya está escrita y esperan que yo interprete el papel que ellos recuerdan, sin entender que ese guion ya no me pertenece. Y cuando finalmente me levanto y me voy, no hay felicidad. Solo queda una profunda sensación de vacío. La certeza amarga de haber entregado mi tiempo, que ahora es lo más valioso que tengo, a quien no tiene la menor intención de verme.

​Y aquí llega la lección más importante, la que me costó años de silencio entender.

​He aprendido que la lealtad no consiste en mantenernos estáticos para no decepcionar a la nostalgia de los demás. La verdadera lealtad es ser honestos con quien somos hoy, aunque eso signifique decepcionar a quien espera nuestra versión de ayer.

​Rodearse bien no es un lujo, es una estrategia de supervivencia.

​Por eso, te invito a que te hagas la misma pregunta que me hice yo al levantarme de esas mesas vacías: Cuando te despides de alguien, ¿sientes que te has llenado o que te han quitado algo?

​El tiempo es el único lienzo que no se puede borrar ni repintar. Y yo he decidido que, a partir de ahora, solo voy a compartirlo con quien tenga la valentía de conocerme hoy, y no la comodidad de recordarme ayer.

 
 

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