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De bocatas de choped, berenjenas y "mamarrachos": Mis recuerdos sin filtro

  • 8 ene
  • 3 Min. de lectura

​¿Alguna vez os habéis parado a pensar de qué están hechos vuestros mejores recuerdos? Si los analizamos bajo un microscopio, la mayoría de las veces, el entorno se difumina y solo queda la emoción.


​Hoy me ha dado por pensar en esto. No sé si será que tras la locura de estas fiestas por fin llega la calma y uno empieza a hacer balance, o será simplemente que tengo un catarro brutal. Y claro, como soy un manojo de nervios y un peligro cuando no estoy haciendo algo, mi cabeza no ha parado de inventar y rebobinar.


​Sea por lo que sea, me he parado a repasar todo lo que he hecho este año. Y ha sido una locura. He viajado a lo bestia, he quedado con muchos amigos, he hecho de todo... Pero al intentar atrapar esos recuerdos, no he podido parar de sonreír al darme cuenta de lo que realmente se ha quedado grabado en mi mente.


​No son los monumentos, ni los paisajes perfectos. Son momentos. Destellos de risas, de emoción y de alegría pura.


​Cierro los ojos y me veo en Londres con mis mejores amigos, metidos en un garito heavy bebiendo una cerveza. O esas risas incontenibles comiendo en la calle un "no sé qué", simplemente porque no nos dieron otra opción.


​Y recuerdo ese momento en el que vi a mis amigos cumplir su sueño de tener su casa en la playa. Pero no recuerdo las paredes ni las vistas; recuerdo la emoción desbordada en sus miradas y el brillo vidrioso de sus ojos gritando "lo hemos conseguido".


​Tengo grabada esa conversación vestidos de diseñador mientras nos comíamos un bocata de choped, con la excusa perfecta: "tómate este, que si se cae no mancha, cerdito".


​Se me agolpan las imágenes: buscar momias en un museo donde (spoiler) no hay momias. Ese café en esa cafetería tan rara que nadie se explica cómo mantiene el negocio abierto. O esa sensación inigualable de abrir la puerta de casa después de un viaje y ver la cara de mi perro.


​Este año ha sido el de la inocencia de mis dos sobrinos locos. El de las barbacoas jugando al bingo (sí, al bingo). El de esa noche de fiesta por Barbate y ese impulso de salir corriendo a bailar Bon Jovi como si no hubiera un mañana. Y también el placer sencillo de llegar a casa y caer muerto en el sofá.


​Pero sobre todo, ha sido un año de risas. Risas, risas y más risas.

De miradas encharcadas de emoción en quienes más quiero. De confesiones, de bailes haciendo el tonto. De frases que se te quedan tatuadas como "¿Sabes? Te quiero tanto".


​O las bromas internas que solo nosotros entendemos: "Eres mu pesado", "¡Porca miseria!", o ese cariñoso "te voy a decir una cosa, mamarracho". Ese surrealista "Javi, ¿este hombre por qué me envía tantos muñequitos de berenjenas?", o esa crítica artística de confianza total: "¿No crees que te has pasado pintándome pecas?" y ese eterno "No cabes en el traje" (jajaja).


​Es curioso, muy curioso. A pesar de haber estado en sitios maravillosos, de esos típicos de foto perfecta para Instagram, se me han quedado grabados a fuego los momentos que no quise fotografiar. Esos en los que quise vivir el instante y no el entorno.


​Me quedo con las personas.

Me quedo con las miradas.

Me quedo con la luz que desprendían.


​Y ahora te pregunto a ti: si cierras los ojos ahora mismo, ¿cuál es ese momento imperfecto, esa "mancha" de felicidad auténtica de este año que no cambiaríais por ninguna foto de postal

 
 

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